Cómo redescubrir la pausa y el arte de pintar con luz en la era digital
En un mundo que corre sin detenerse, decidí volver a la fotografía analógica. No como un ejercicio de nostalgia, sino como un acto de resistencia: para escuchar la luz, sentir el instante y dejar que cada imagen nazca sin prisa.
El descubrimiento de la fotografía química
Cuando estudiaba fotografía, descubrí la magia de la química y la luz. Para quienes empezamos en digital, aquello era casi alquimia: carretes que guardaban secretos, líquidos que revelaban imágenes como si fueran recuerdos atrapados en papel. En mi juventud, tocar ese mundo era un sueño lejano; hoy, en cambio, me atrevo a vivirlo.
El ritual del laboratorio
En España, me entregué al ritual analógico: cargar la película, encuadrar con intención, esperar el momento justo… y luego, en la penumbra del laboratorio, ver cómo la imagen nacía lentamente, como quien asiste al amanecer. A veces colgaba las fotos en la cortina de mi ducha, como si fueran ropa tendida de un viaje en el tiempo.
Del analógico al digital… y el regreso
Por muchas razones, montar mi propio laboratorio en casa se volvió imposible. El digital ocupó ese lugar: práctico, veloz, generoso en repeticiones. Pero también me mostró un mundo saturado de marketing y urgencias, donde algunos confunden la cámara más cara con el verdadero oficio.
El arte de la pausa
La fotografía analógica me recuerda que el arte no es un disparo rápido, sino una respiración profunda. Que cada encuadre exige conciencia, que cada foto es única, y que el silencio entre clic y clic también forma parte de la imagen.
Mi viaje al norte
Por eso tomé mi Yashica Mat EM, me alejé de la ciudad y viajé al norte de España. Allí, entre luces suaves y sombras largas, volví a mirar como antes: despacio, con las manos firmes, con el corazón atento. Porque a veces, para avanzar, hay que retroceder hasta el instante en que la luz y el alma se encontraron por primera vez.


